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Historias, leyendas y sentimientos

El origen de la bombacha criolla UN VIAJERO DE AMÉRICA DEL SUR
Horizonte de antaño  Tradición Artesana
Los carros de Bs. As. en 1949 ¿Quién habrá Inventado el telar?
Por una mayor conciencia turística ¿Como curar el mate?
El Artesano

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EL ORIGEN DE LA BOMBACHA CRIOLLA

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Jorge V. Duizeide

El origen de nuestra bombacha criolla que habría con el tiempo de sustituir al chiripá, como prenda única de vestir del gaucho, principia con el Tratado de Paz de París firmado en marzo de 1856 entre los representantes del ejército aliado anglofrancés y Rusia, que ponía punto final a la llamada "Guerra de Crimea".
Siendo Presidente de la "Confederación Argentina" el General entrerriano Don Justo José de Urquiza, en 1857 recibe noticias en Paraná (Capital de la Confederación Argentina) del representante diplomático francés, que el gobierno de Francia estaba en condiciones de venderle a su gobierno CIEN MIL BOMBACHAS preparadas para entregar al ejército turco y que como consecuencia del término de la guerra de Crimea, se habían convertido en "rezago militar". Urquiza entusiasmado por las condiciones de venta que eran un trueque con productos de la Confederación, consultó a sus ministros y obtenida la aprobación de estos, ordenó la importación de las cien mil bombachas en principio encargadas y preparadas para el ejército turco.
El origen del pedido determina que sin excepción, todas las bombachas "originales francesas" fuesen de acuerdo al pedido de las autoridades militares turcas, del color de ordenanza en uso en ése país o sea de color gris con "ojos de perdiz" de color blanco sucio o isabelino y aquí tendríamos develado el origen de nuestra bombacha campera, que habría ingresado por vez primera a la provincia de Entre Ríos, cuando fenecía el año 1858.
En Buenos Aires los paisanos que llegaban con sus productos a la Plaza Miserere, traían entre sus artículos principales para la venta, "bombachas batarazas" que ellos mismos vestían. Como muchos de estos carreros "mercachifles", eran de procedencia árabe, pero de nacionalidad turca, muchos confundieron el origen industrial de nuestras primeras bombachas, pero sin duda salieron de talleres industriales de la Francia Imperial y no de los modestos talleres artesanales otomanos.
Ante el éxito alcanzado en poco menos de tres años por la bombacha -entre el gauchaje de Buenos Aires- después de la batalla de Pavón que le diera al General Mitre el triunfo, hizo la "bombacha bataraza" su entrada oficial en la "Provincia del Puerto". Durante años se importaron los paños originales de Francia, para confeccionar la prenda en el país, hasta que a partir de Don Nicolás Avellaneda, se abrieron importantes industrias textiles que lograron fabricar una tela muy parecida a la original francesa, allá por 1880.
Lo anterior es una versión histórica oral y no documentada. Lo que si podemos asegurar es la importación de Francia de las primeras bombachas, que su color era el de ordenanza del ejército turco y que fueron introducidas al país bajo el Gobierno del General Urquiza. De lo anterior se desprende y esto se comprueba con Daguerrotipos de época y pinturas del natural, que no hubo gaucho de bombachas durante la época de Rosas y que las primeras bombachas en uso por gauchos porteños, data de 1861. Otra versión muy interesante sobre el ingreso a la Argentina de esta y otras "Pilchas criollas", es aquella que lo hace responsable a Don Ricardo Güiraldes de haber vestido a sus gauchos de San Antonio de Areco con bombachas importadas de Francia, de donde también -y específicamente del llamado País Vasco Francés-, habría importado la alpargata y las amplias fajas de colores rojo y blanco. Claro está, que en este último caso estamos hablando de otra época y bien entrado el año 1920.
Es probable no obstante, que esta última versión sea correcta en relación a la importación hecha por el autor de "Don Segundo Sombra" para sus gauchos de Carmen de Areco, incluyendo en el conjunto la boina vasca, aunque debemos hacer constar -habiendo variopinta documentación- que con la llegada de los primeros contingentes de vascos-franceses traídos al país en 1862 por Don Pedro Luro a campos aledaños al Río Colorado, entraron también estas prendas y la bombacha bataraza. En suma, creemos que las tres versiones sobre el ingreso de las "pilchas criollas" que reemplazarían el vestuario original del gaucho, tienen su derecho ganado a ser "originales".

 

 

 
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"HORIZONTE DE ANTAÑO"

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Jorge V. Duizeide

La tarde moría entre sombras rápidas que anunciaban la tormenta.
Los viajeros habían tenido que detener la marcha forzados por desperfectos mecánicos. Los ocupantes del vehículo detenido se miraron sabiendo que estaban en manos de la providencia: ninguno tenía conocimientos de mecánica, salvo los elementales y al parecer el problema podía llegar a ser importante o quizá lo creyeron por el agorero paisaje que ofrecía la inhóspita llanura en medio de los tortuosos grises de la "tormenta pampa".
Durante varios minutos ensayaron los menguados conocimientos mecánicos sobre un "motor muerto". El tiempo parecía correr en busca de lo inesperado y probablemente fantástico. El mayor de los improvisados mecánicos era ayudado por su hermano quien no llegaba siquiera a los diez años de edad. El aire comenzó a enrarecerse y se levantó un viento fuerte del sudeste y se descargó una tormenta eléctrica que parecía barrer los campos con oleadas de luz. Los alambrados comenzaron a semejar raros filamentos de luz, dándole al paisaje una pertenencia mágica y singularmente extraña.
El mayor de los hermanos había detenido su labor. El menor angustiado le señalaba mudo el horizonte. A lo lejos se veía como un fuerte remolino de origen desconocido y se dibujaban en segundo plano unos jinetes que parecían fantasmas. Los relámpagos dejaban ver como estrellitas que partían de los jinetes dando la impresión de "luces malas". La tarde parecía haberse transformado en un círculo de hechos anormales que se prestaban a exacerbar una memoria supersticiosa.
Los jinetes ocuparon el primer plano constituyéndose ellos mismos en un remolino y pasaron sus orgullosos perfiles escapando de la tormenta. Dos montados en caballos "blancos" iban en el centro de la formación y eran rodeados por los otros jinetes montados en animales oscuros. En un instante pasaron frente al automóvil detenido por la providencia y fueron una pincelada de tradición inolvidable: Caballos embozalados y con cabezadas de plata y bajadores, recados completos y ponchos al viento. En las rastras de metal cada uno lucía un facón del que se desprendían pequeñas luces que hoy son el pasado.

 

 

 
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"LOS CARROS DE LA CIUDAD DE BUENOS AIRES EN 1949"

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Jorge V. Duizeide

 

Mi primer viaje a Buenos Aires lo realicé en julio de 1949.
Salimos mi hermano mayor, mis padres y yo, de la Estación de trenes de Necochea en un servicio con cama, un domingo a las 20 horas, con destino a Plaza Constitución.
Llegamos media hora antes para acomodar nuestro equipaje en el amplio camarote para cuatro personas y cuando nuestros relojes marcaban las veinte horas, la campana de bronce de la estación y el pito del tren, marcaron la partida del convoy. A los cinco minutos golpearon a la puerta por si queríamos ordenar la cena. A las 21 hs., en punto (remarco la hora porque eran tiempos en que se cumplían entre otras cosas los horarios establecidos) se nos informó que de acuerdo al programa de los servicios del ferrocarril, ya podíamos concurrir al salón comedor.
El comedor nos causó - creo que a todos - muy buena impresión. Las mesas estaban muy bien dispuestas en fila, con asientos de cuero muy cómodos y el servicio de mantelería, copas y cubiertos, lucían en proporción a los magníficos platos de porcelana que alhajaban el servicio. Los mozos con riguroso uniforme pasaban por el corredor, ofreciendo la lista de bebidas y otros, iban sirviendo de generosas soperas, un caldo con arroz, por cierto muy sabroso.
Luego sirvieron fiambres con ensalada rusa y el plato principal fue un asado al horno con papas. Los postres fueron los comunes del país: "vigilante" de membrillo y frutas de estación. A los mayores se les ofrecieron varias infusiones. Cuando quisimos acordar eran cerca de las diez de la noche y el tren se había parado. Qué había sucedido?
Casi todo el pasaje pidió permiso para bajar y ver lo que sucedía: la máquina estaba rodeada de gente con palos y los "buscahuellas encedidos" iluminaban las vías cubiertas de liebres. No menos de trescientos o cuatroscientos animalitos encandilados "eran echados de las vías" por los bastoneros que golpeaban sus gruesos bastones contra loa rieles para ahuyentarlos. La "aventura" duró más de media hora. Avanzábamos despacio unos pocos metros y vuelta a repetir la operación de alejar las liebres, hasta que finalmente el maquinista decidió viajar a menos de "media luz" para evitar el encandilamiento de las "pobres inocentes" y nerviosas liebres, asustadas ante el paso de un verdadero coloso en la inmensidad de la llanura.
El convoy paró dos o tres veces y a las seis de la mañana, por los pasillos y golpeando cada uno de los camarotes, anunciaban "los mozos" que a las 7 horas se serviría el desayuno. Sin novedades, advertían, se arribaría a Plaza Constitución en el horario establecido: 8 horas de la mañana.
A las ocho de la mañana del 9 de julio de 1949 acompañado de mis inolvidables padres y mi querido hermano "Pocho" (el menor Oscar, nacería 5 años más tarde) llegué por vez primera a la Estación de Trenes de Plaza Constitución. La emoción fue muy grande. El contacto con tanta gente hacía que le sujetara la mano a mi madre con fuerza. Esta sonreía igual que mi hermano mayor, pero salvo mi padre que "prácticamente había pasado la mitad de su vida en Capital", nosotros como "auténticos paisanos sureños del Quequén", eramos desconfiados de tanto movimiento y nos comportábamos como "turcos perdidos en la cerrazón".
Saliendo de la magnífica estación tomamos un taxi y mi padre le dió al chofer la dirección del "viejo hotel D'arc" de avenida de mayo al 900.
Lo primero que me llamó la atención fue el ancho de la avenida 9 de julio y la enorme cantidad de coches casi todos de color negro. Llegamos al hotel y nos dieron dos habitaciones en el cuarto piso. Nunca había subido en un ascensor y me pareció una experiencia maravillosa. Eran apenas las nueve de la mañana y quería salir para ver las calles de "la capital". Tuvimos que esperar que mi madre se arreglara y cuando repasó su cabello, se acomodó su trajecito y se puso su tapado de astracán, recién partió el grupo familiar rumbo a la calle Florida
Esas cuadras "caminadas con los ojos agrandados por el asombro" hasta Florida, fueron un descubrimiento tras otro.
Dos cosas impresionaron vivamente mi sensibilidad: la gran cantidad de hombres con sombrero, vestidos con mucha elegancia casi el cien por cien y la inmensa cantidad de carros de reparto. Carros de lechero, de verduleros, de panaderos, de carboneros y un largo etcétera. Estos carros, tirados en su mayoría por un solo caballo, estaban muy bien pintados y casi todos llevaban además del nombre del negocio para el cual realizaban el reparto, leyendas artísticas en sus costados y la parte de atrás. Los caballos, muy bien enjaezados, eran animales generalmente de color zaino o tordillo negro y resultaban evidentemente - me explicaba mi padre - una cruza de percherón con criollo. Era fantástico ver sus herraduras con magníficas punteras, sus pelajes lustrosos y el brillo de la parte de metal de los arneses. En la avenida de mayo de aquél 9 de julio de 1949 a las 10,30 hs.,los carros tirados por "caballos galanes" superaban la cantidad de automóviles de cualquier tipo.
La habilidad de los "Mayorales" en el manejo de las riendas "del tiro" era espectacular y los animales tomaban todos los aires casi hasta el de carrera y doblaban y frenaban y cambiaban de aire en un santiamén, obedeciendo al magnífico arte de unos carreros como nunca había visto antes.
El tiempo ha pasado - más de cincuenta años - y recuerdo aun vivamente aquella magnífica postal de caballerías que era la ciudad de Buenos Aires, capital de un país sin duda," hecho a lomo de caballo", sin desprecio de sus magníficos tiros.

 

 

 
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"UN VIAJERO DE AMERICA DEL SUR"

 

 


En la casa Aguerrenia ubicada en la bajada de de la "ferme de Ansoborlo", dos hombres homónimos conversaban animadamente mientras comían queso de oveja con pan de campo. La villa de Henday en aquel mes de diciembre de 1895 estaba azotada por un furibundo viento del norte y la lluvia castigaba el tejado de las casas de arquitectura vasca, con millones de agujas plomizas que salpicaban los amplios ventanales y oscurecían los interiores, como ocurría en la propiedad llamada Aguerrenia. Don Jean Baptiste Duizeide, en penumbras conversaba con su único hijo varón. La conversación discurría sobre los planes del joven marino -recientemente licenciado por la Marina de Guerra- El padre sostenía que era mejor navegar por aguas europeas que lanzarse a la aventura americana. El marino sonreía como aventando peligros y le recordaba a su padre que por algo él había nacido donde viera la luz el más grande corsario de Francia: Etienne Pellot. El hombre mayor encendió su pipa y se quedó en silencio largo tiempo. El hijo se sirvió una copa de vino y después de beber lentamente encendió un cigarrillo de tabaco negro. Su padre observaba desde un mirador el temporal del Cantábrico. A lo lejos un barco trataba de capear el temporal con la proa con viento favorable mientras las olas cubrían su cubierta y parecían abrazar el palo mayor y querer tozudamente acabar con su osadía de desafiar el mar. Sabes lo que buscas Jean? No estoy seguro pero me siento atraído por la aventura de los viajes y no podría vivir aquí esperando un turno de embarque en algún pesquero. Tu sabes muy bien que la paga no es muy buena y que todo el mundo quiere embarcarse. Además no debes olvidar que aquí soy casi un extraño, me he criado para bien o para mal en Toulon y el mar me atrae no como un cuadro, sino como algo vivo. Mis amigos son de mi condición y después de esta Campaña en Madagascar, casi todos están hartos de servir por un honor que el estado no reconoce. Creo que ha llegado el momento de trabajar por la paga y se nos presenta a todos la posibilidad de un largo viaje muy bien pago por casi todos los países de América: Estados Unidos de Norteamérica, Haití, Cuba, Brasil, Argentina, Chile, Perú y Venezuela.
El viaje dura un año. Después veré. Es posible que vuelva con dinero como para convertirme en armador y tener mi propia flota pesquera aquí. El padre acariciándose su larga barba blanca y aun con la pipa en la boca, miró a ese hijo que era para él casi un desconocido, ya que a los seis años lo había internado en un colegio y a los doce años había marchado como aprendiz a la Escuela para marineros de Toulon y sin poder contener su emoción le dijo: Solo te voy a pedir una cosa: no te olvides de Francia y regresa a ella siempre. El hijo encendió otro cigarrillo y le alcanzó una cédula de embarque. El padre leyó: Por la presente se certifica que el ciudadano francés Jean Baptiste Duizeide oriundo de Hendaye y con domicilio legal en Toulon ha sido contratado por "Les messageries Maritimes" como marinero de cubierta por el término de un año y para realizar viajes transoceánicos trasladando mercaderías y pasaje. Este contrato puede ser renovado o rescindido de acuerdo a la voluntad de las partes después de cumplido un año de navegación para su renovación o nueve meses de navegación para su rescisión, haciéndose la compañía responsable por el seguro del tripulante. El hombre mayor no pudo contener su emoción y volvió a dirigir su mirada hacia el mar. Bien, partes mañana por la tarde y no es cuestión de más discursos. Has hecho tu equipaje? Llevarás armas?
Fotos de familia? Algunos recuerdos de tu madre? Has estado con tus tíos? Con tus amigos? Te has despedido de tu hermana Honorine?
El marinero de 23 años sonrió simplemente y le dijo que ya había cumplido con todos y que la única arma que llevaría sería su S&W .44
Y que no llevaría nada que no fuese lo más imprescindible. Padre, Dios sabe que este es un viaje con regreso, no se preocupe. Cuando vuelva, me quedaré una larga temporada así me cuenta la Historia de nuestra revolución que le contara a usted su abuelo, es algo que me debe y tiene que hacerme la promesa que nos volveremos a encontrar para intercambiar historias. El padre sacó de su chaleco un reloj de oro con una gruesa cadena y se lo ofreció a su hijo, este le agradeció el gesto, muy emocionado, pues sabía la importancia que le daba su padre al viejo Longines de varias tapas que le había regalado su abuelo, cuando había embarcado hacia el frente Ruso en Crimea. Los homónimos se dieron la mano y Jean Baptiste Duizeide salió bajo la lluvia hacia la estación de trenes para arribar a tiempo de embarcar al otro día en el puerto de Bordeaux. El padre lo observó desde un mirador mientras pensaba:
Volverá Juanito? Eran las cinco de la tarde en gris en Hendaye, del día 20 de diciembre de 1895.

 

 

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